Planchado
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Planchar las camisas para ir a trabajar siempre ha sido un tema. Me gusta, pero el tiempo escasea. En esta cuarentena he vuelto a realizar el ritual del planchado: calentar la plancha, ajustar la temperatura, ver si el vapor está ok, deslizar. Algunas me traen recuerdos, los amigos, las fiestas, los amores. Ya he botado algunas, otras no me entran –digámoslo–, me encantaría pensar que es por mi espalda, pero no solo eso me engorda.
Mi mamá me enseñó a planchar cuando tenía no más de doce años. Claro, después de superar el trauma de quemarme la cara con una plancha. Me la ponía en las mejillas después de jugar, cuando no soportaba el calor me la llevaba al rostro, hasta esa vez. Primero por adelante, me decía, siempre por el reverso, sino, quedan marcadas y se ven feas, luego la espalda, las mangas, cuidado con los puños, y el cuello, si es que se puede.
En la casa había una tabla gigante para planchar, era el mesón de trabajo de mi mamá. ”Que la tanto me pidió esta cenefa, que el store, que la napa”. Crecí viendo cómo medía los paños, cómo marcaba con los alfileres de cabecitas de colores las telas que le encargaban, los tenía puestos en un almohadón chiquitito, yo podía pasar tardes enteras haciendo formas con ellos, escribiendo mi nombre, ya más grande hacía penes sin que nadie se diera cuenta, luego los desarmaba, era más creativo que mis compañeros, no era necesario dibujarlos en la mesa o en los cuadernos. Una vez mi mamá me pilló, se enojó mucho. Escuchaba hasta tarde el tacatacataca de la Singer negra que le había regalado mi abuela. Al tiempo se ganó un Proyecto Fosis y le pasaron una máquina industrial, la bulla era peor, pero el tacatacataca ahora era más rápido. Juntaba dos sillones para poner la tabla sobre ellos. Allí le hacía los cubrecamas a las viejas cuicas, nos hacía los pijamas de polar a toda la familia, con mi papá hicieron tantas mochilas de cuero que fueron el regalo perfecto para la navidad del 2002. Hicieron carteras, chaucheras, porta celulares, bolsitos; casi toda la enseñanza básica tuve estuches de cuero. Siempre vi esa tabla tan grande, ya con los años la podía mover de un lugar a otro. A veces me escondía debajo de esa madera, jurando que era una guarida, un escondite perfecto para llevar mi Power Ranger rosada, algunos monitos del Mcdonalds, cuando la Cajita feliz costaba 990, y unos feítos que me habían comprado en la feria para hacerlos pelear. Inventaba historias entre ellos. De vez en cuando a esos mismos monos les amarraba una bolsa a los brazos y los tiraba del tercer piso del block para que cayeran de sus paracaídas marca Santa Isabel –con el osito– o Líder en medio de una guerra inventada. Llegaban a un desierto, a esa idea de guerra que saqué de las películas del cable, donde los comandos se arrastraban por la tierra y tenían que morir en manos del equipo rival. La verdad no sabía qué era una guerra, a veces sacaba imágenes que venían en la revista de VTR, la que nos llegó por harto tiempo, hasta cuando nos colgamos de la vecina porque la cosa se había puesto fea. Mis papás estaban sin pega. Era un colgarse conversado, claro, era más decente, uno pagaba la cuota entre varios, mi papá hacía los hoyos con el taladro y pasábamos los cables como si acá no pasara nada. Ya más grande no quería jugar a la guerra con mis amigos del block. Después odiaba a los militares y su forma de actuar. En Historia me enseñaron lo que había ocurrido en Chile, creo que por eso odié un tiempo a mi abuelo, fue marino, y aunque era mayordomo y nunca participó en una guerra ni en la dictadura, siempre hizo alardes de la jerarquía de su perraje. Todavía recuerdo cuando le dije que en las fuerzas Armadas jugaban a la guerra y a engordar, después de eso, no pude entrar por mucho tiempo a su casa. Siempre hablaba de su general, que su general fue aquí, fue allá. Mi hermana una vez le respondió que su general fue un asesino, un criminal. Quizás fue lo más cuerdo que dijo por años, hasta que se enamoró de un milico. Y como en una premonición inversa, tal vez por eso odiaba tanto a los soldaditos de juguetes. Los monos verdes no tenían ni una gracia, no se movían, no eran articulados, solo tenían posiciones de combate. Por eso los pintaba, los botaba, se los regalaba a mis vecinos, al igual que los autos de carrera. Mis papás no comprendían por qué siempre hacía pelear a mis monitos, posiblemente tenía una pelea interna que proyectaba desde el inocente juego. Con los años entendí el porqué, menos mal nunca los hice darse besos frente a ellos, eso lo hacía en la pieza, cuando me ponía una sábana sobre la cabeza y me iluminaba con una lamparita que me habían regalado para que estudiara, aunque en ese tiempo mi velador fuera la misma máquina de coser de mi mamá.
A veces se turnaba. Un año era a mí, al otro, a la pieza de mi hermana. Ninguno de los dos quería, nos cargaba ese sonido, pero me gustaba que mi mamá pasara más tiempo conmigo. Antes de llevarse el taller para la casa, trabajó en una tienda de cortinaje donde aprendió el rubro. Llegar a la casa y no verla era triste, quería estar con ella, aunque solo fuera para retarme. Quería llamarla y saber cómo estaba –sí, cabro chico mamón–. Un día me metí a la pieza de mi hermana, no sé si a ojear un álbum que estábamos coleccionando juntos o para sacarle sus barbies, pero justo vi en la repisa una bolsa del local donde trabajaba, La buhardilla, y el número de contacto. Llamé desde el teléfono de teclas gigantes que tuvimos por esos años y pedí hablar con la señora Elizabeth, solo para decirle mamita te quiero, llega pronto. Ya después la cosa se volvió vicio, la llamaba hasta para preguntarle que seguía después de un cuarto para hacer una tarea de matemáticas. Me dijo que no la llamara más, solo si era urgente, para mí era urgente escucharla, saber que estaba viva.
A veces se quedaba hasta tarde cosiendo, yo jugando a su lado. Ponía la Romántica para acompañar la danza sonora de la Singer. Siempre le miraba sus manitos pecosas, sus uñas largas, a ratos jugaba con su pelo, le hacía trenzas. Ya más grande le ayudaba a planchar las cortinas –o al menos eso creía–. Sus trabajos eran únicos y muy detallados, sobre todo por la cortina que dejó en el living, era hermosa, opaca, sobria, me hacía olvidar que vivíamos en la periferia, en un cerro donde traficaban y consumían hasta quedar como gárgolas de medio día, buscando colillas para calmar la angustia, vendiéndose por un mono, pegados en la pasta, con la tez grisácea y con pómulos más chupados que los mismo desahuciados por la muerte vestida de sida. Nos olvidábamos de ese cerro donde hacían competencia por quién ponía la música más fuerte. Era, por cierto, la disputa más sana de todas, no era motivo de peleas, solo era demostrar cuál de los equipos sonaba mejor, el Aiwa o el Sony. Por una esquina, Yerba Brava, por la otra, Amar Azul, la vecina de arriba, Chayanne, mi mamá con Cristian Castro, yo después, duro al Dónde están los ladrones de la Shakira y los abajo, ponían a los Jaivas y Quilapallún. Era raro estar jugando y de pronto escuchar El pueblo unido jamás será vencido desde una ventana. A mi hermana en su era comunista –que le duró poco, bastante poco– le habían regalado un disco de Sol y lluvia, que lo escuchábamos cuando no estaba mi mamá. Me gustaba el “si mi paloma no puede alzar su vuelo”, porque todos llorarían. Puse ese disco a todo trapo cuando murió Pinochet, ya estaba en la media, participar en la revolución pingüina hizo que mi lado politiquero comenzara a tomar formar y a jurar que tenía conciencia social y de clase. Ese día sonó el más estrepitoso Adiós carnaval, adiós general. Fue un buen trago, que quizás por la edad no saboreé tan bien, pero que comprendía absolutamente todo a mis 15 años de liceano combativo.
Mi mamá hasta hoy odia planchar, por lo mismo me enseñó. La recuerdo planchando los domingos. El olor a ropa caliente, la humedad del departamento de ladrillos del serviu, olor a detergente, el mismo que sale ahora. No usaba Soft, le traía malos recuerdos de su hogar, del que la echaron cuando quedó embarazada de mi hermana, del cual con orgullo dice, nunca volví. A mí me gusta ese olor, me recuerda a mi abuela, su mamá, que tenía ese olor pegado a la ropa. Aún la veo, aún me despierta en los sueños, aún la escucho gritar el nombre de mi mamá tan estridente como siempre, con su pelito blanco, sus lentes de marcos gruesos, la misma cara que tiene mi mamá, quizás por eso la amé tanto. Mi mamá dice orgullosa que yo plancho mejor que ella, es cierto. Ya llevo diez camisas listas, dobladas y guardadas. Me quedan varias aún, unas cuantas más para seguir trayendo a la memoria la frescura de mi pasado, el de mi familia, el olor a recuerdos que brota de cada planchado.

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