Planchado
. . Planchar las camisas para ir a trabajar siempre ha sido un tema. Me gusta, pero el tiempo escasea. En esta cuarentena he vuelto a realizar el ritual del planchado: calentar la plancha, ajustar la temperatura, ver si el vapor está ok, deslizar. Algunas me traen recuerdos, los amigos, las fiestas, los amores. Ya he botado algunas, otras no me entran –digámoslo–, me encantaría pensar que es por mi espalda, pero no solo eso me engorda. Mi mamá me enseñó a planchar cuando tenía no más de doce años. Claro, después de superar el trauma de quemarme la cara con una plancha. Me la ponía en las mejillas después de jugar, cuando no soportaba el calor me la llevaba al rostro, hasta esa vez. Primero por adelante, me decía, siempre por el reverso, sino, quedan marcadas y se ven feas, luego la espalda, las mangas, cuidado con los puños, y el cuello, si es que se puede. En la casa había una tabla gigante para planchar, era el mesón de trabajo de mi mamá. ”Que la tanto me pidió esta cenefa, qu...